La perfección de la matemática

Conversaba con un viejo ingeniero, el padre de uno de mis antiguos compañeros de clase, en circunstancias en que debía tomar la decisión de tomar parte activa en una puesta en escena de Iron Maiden, que ya había aceptado en principio, y que me aseguraba una atractiva semana de “drogas y rock & roll”, o asistir a las clases regulares de mi carrera, recientemente iniciadas.

Mi argumento para no dejar de asistir a las clases, se basaba en la complejidad de lo que en ellas se estaba estudiando. ¿Que tan complejo es?, me preguntaba el anciano, ¿no son acaso solo cálculos de cremalleras?, complementaba.

Si, pero tienen reducciones, dientes con doble bisel, pendiente… Forzaba por mi parte el argumento.

El anciano cogió entonces un gran huevo de ámbar, completamente alveolado en su interior, como un panal de abejas cristalizado, que dejaba ver en su centro una sombra oscura, y lo rompió delante de mí. Esto es una mosca, dijo, pero del interior del huevo surgió volando un insecto que reconocí como una abeja “chaqueta amarilla”, a la que, apenas iniciar el vuelo, le crecieron unas especies de tentáculos ondulados que la asemejaban sorprendentemente al “depredador” de la película de John McTiernan.

¡Esto es la perfección de la matemática!, espetó desafiante.

Lo demás fueron vagas conversaciones en relación a la equivalencia cualitativa, ante mi estupor sostenida por el anciano, entre la música y el baile considerados cultos, y las manifestaciones populares, o consideradas vulgares, de estas mismas artes.

La implosión del tiempo

Pocos sabían de la existencia del proyecto. Entre esos pocos se contaba a los Testigos de Jehová, que con su disciplinada organización, habían sido advertidos mundialmente por los miembros de las congregaciones noruegas: El gobierno de ese país, desarrollaba, bajo la más absoluta reserva, el arma definitiva, que le permitiría tomar, por la fuerza, el control económico mundial. Se trataba de un proceso atómico, de acción no explosiva, no instantánea, que provocaba sobre grandes áreas de territorio un fenómeno de implosión del tiempo, los hechos se retrotraían lentamente, los cuerpos envejecían, pero los seres humanos que los habitaban eran enviados a la mas remota noche de los tiempos.

Quienes, de un modo u otro, nos habíamos enterado de la naturaleza del proyecto bélico, estábamos aterrorizados. Mi hermana y yo, por medio de mi madre, Testigo de Jehová, estábamos al corriente de este inminente apocalipsis que se cernía sobre gran parte de la humanidad, particularmente sobre los países menos desarrollados económicamente, y que ocupaban un apetecible espacio para la expansión y explotación por parte de los países mas poderosos.

El fenómeno se hizo notar por pequeños detalles, sensaciones, deja vù… Pronto se tornó físicamente perceptible, conversaciones que habíamos sostenido hacía días, semanas, e incluso meses, se volvían a escuchar en medio de la habitación, sin que boca alguna las pronunciara.

La única salvación, pensaba entonces, era haber leído, y en lo posible memorizado a los clásicos, para reconstruir desde sus bases la cultura humana, desde dónde, o más bien desde cuándo fuera que me enviaran. Miraba con profunda tristeza tanto libro que había consumido mi tiempo, desfilaban ante mí Poe, Conan Doyle, Rider Haggard, en sus empastes de lujo y sus hojas finísimas. Fantasía inútil, pensaba, en lugar de haber empezado por el verdadero comienzo, Homero, Virgilio, Platón tal vez, o Aristóteles.

Pero ya era demasiado tarde. Me adormecía tendido en una cama, mientras intentaba decirle a mi hermana que era verdad, que estaba ocurriendo, que podía sentir cómo lentamente se desvanecía mi presente, pero mi voz se tornaba decrépita, ininteligible, ahogada por el inexorable torbellino del tiempo.

El espejo

Me despertó mi hijo, el menor, el único que estaba con nosotros, pues los dos mayores ya hacían su vida independiente.

Yo tomaba una siesta. Me despertó pues necesitaba que le ayudara con cierto problema en un trabajo académico para sus estudios de arquitectura. Yo lo acompañé a su lugar de trabajo, y, como arquitecto y profesor, le hice las observaciones que me parecieron pertinentes, aunque siempre dejando en claro que su profesor podía tener una opinión distinta.

Sin embargo, mi mente no estaba ahí. Era mi hijo, claro, lo reconocí en cuanto lo ví… pero la última vez que lo había visto, él era sólo un bebé. Había pasado tanto tiempo que hasta me costaba recordar su nombre, sólo recordaba que sus dos nombres eran importantes para nosotros con mi mujer, y que los habíamos elegido pues estaban cargados de un especial significado. ¿Qué había pasado en todos estos años? ¿Estaba realmente despierto, o sólo era un sueño en mi plácida siesta?

Terminé mi conversación con él, y fuí donde mi mujer, que también dormía en otro cuarto. La ví avejentada, tenía una máscara de belleza de color verdoso sobre su rostro. La desperté con ternura, pero con evidente agitación.

Despertó. Le conté lo ocurrido. Le pedí, casi le rogué que me dijera que era un sueño, que nuestro hijo seguía siendo un bebé aún, que no había perdido la oportunidad de estar con él todos estos años, de verlo crecer, de acompañarlo en su infancia, en su adolescencia…

Mi mujer, por toda respuesta, se dió vuelta hacia un lado, cogió un espejo y lo situó de modo que nos viéramos en él los dos, ella acostada, yo sentado a un costado de la cama.

Sin embargo el espejo sólo devolvía una imagen: la suya.

Conejillos de Indias

Todos éramos prisioneros, esclavos, y, peor aún, sujetos de experimentación. Algunos habíamos ido tomando conciencia poco a poco de la realidad: detrás de las periódicas visitas de aprovisionamiento, sólo había una motivación real, la de registrar las reacciones de la población frente a la inoculación de sustancias desconocidas para nosotros.

Las sospechas empezaron por la coincidencia de las visitas con las reacciones fulminantes de algunos de nosotros, y que las más de las veces concluían con muertes espantosas, entre convulsiones, laceraciones supurantes, violentas fiebres o violentos brotes pustulares.

Se corría el rumor de que poblaciones enteras habían sido arrasadas por el fuego, tras presentar masivas reacciones indeseadas frente a los experimentos. No queríamos comprobarlo.

La única salida era huir, caminando, o abordando clandestinamente alguno de los camiones de aprovisionamiento.

Partimos, sin muchas provisiones, y con lo puesto. “Prefiero morir pidiendo ayuda en el desierto, que esperar a que nos maten”, dijo uno de mis compañeros. Todos pensábamos igual.

La travesía fué interminable, algunos fueron quedando rezagados. Nunca más supimos de ellos. Quedábamos sólo cinco cuando pudimos abordar un camión sin ser vistos. Teníamos que bajar en la siguiente parada, y antes de que empezaran a descargar, para no ser sorprendidos.

Para suerte nuestra, la siguiente parada incluía el despacho de algunos seleccionados que estaban sanos, para prestar servicios en las zonas desmilitarizadas. Conseguimos descender rápidamente y mezclarnos entre el grupo, todas mujeres destinadas a servicios de enfermería.

Conseguimos escabullirnos sin ser detectados, pero tuvimos que vestirnos de mujeres. Hoy estamos juntos solo tres de los que partimos aquel día, los tres hemos pasado años en el servicio de enfermería juntas, en el mismo hospital. Ya nos hemos acostumbrado a nuestros nombres y nuestra identidad femenina.

«Mil imágenes de Nietszche»

Estaba dictando una clase de modelación digital, en una sala cuyo muro lateral daba a la parte trasera del escaparate de una tienda dedicada a la venta de materiales para trabajos manuales, papeles, cartones, lápices, pinturas…

De pronto entreveo en aquel escaparate una pequeña maqueta de una construcción, que me pareció particularmente útil para ilustrar el trabajo que se estaba desarrollando en la clase. Informé a todos que saldría un momento y regresaría pronto.

Llegado al local, pregunto al dependiente por la maqueta aquella, la que el dice desconocer. Me informa que están cambiando los productos en exhibición en la vitrina, de modo que es posible que la hayan llevado a bodega, y me invita a buscarla yo mismo.

La bodega en cuestión, es una habitación sin luz natural, polvorienta, y muy desordenada, lo que más abunda son cartones. Pienso que es imposible encontrar en ese lugar el pequeño objeto que llamó mi atención.

En ese momento, reparo en que, adosadas a los muros de la habitación, hay estanterías atiborradas de libros, la mayoría de ecuadernado rústico, lomos de color indefinido, gastados por el uso, el paso del tiempo, y cubiertos de polvo, de modo que sus títulos son casi ilegibles, pero entre ellos destaca un grueso volúmen empastado, y con sobrecubierta de llamativo color rojo y letras blancas, que titulan “Mil imágenes de Nietszche”. El empaste está un poco despegado, y los cuadernillos interiores algo desgajados, la sobrecubierta rasgada, pero el contenido está impoluto, las ilustraciones en papel couché conservan sus vivos colores, y lo hojeo rápidamente, asombrándome con los múltiples retratos del filósofo alemán, fotos, pinturas de reconocible estilo fauvista, otros de cuidado academicismo, y en la parte final, fotos de sus últimos días de vida, junto a su hermana Elisabeth, y luciendo una frondosa barba, y un aspecto enfermo pero pleno de soberbia.

Pregunté al dependiente por el volúmen aquel, y me dijo que me lo podía llevar por novecientos pesos, antes de que lo inventariaran para darlo de baja, pues se trataba de libros que ya nadie compraría.

Pagué con un billete de mil pesos y salí del local felíz de mi portentoso hallazgo.

El beso

Era una ceremonia mapuche, en el campo. Estábamos presentes muchos amigos y colegas. El salvajismo de los gritos y de los ruidos, intimidaban; la tierra, por momentos parecía temblar. Cuando todo terminó, nos retiramos caminando, tranquilamente. Tu me tomaste por la cintura con tu brazo, sabiendo que yo no me iba a atrever a hacerlo, entonces yo hice lo mismo, y caminamos un buen trecho, asi, abrazados, conversando, bromeando, hasta que en un momento me animé a acercar mi cara a la tuya, y a posar levemente mis labios en tu boca. Te sonreiste entonces, con evidente alegría, aunque no sin sorpresa. Entonces te dije: “hace tantos años que quería besarte”. Así caminamos un trecho mas, nos detuvimos y nos besamos apasionadamente. Sabíamos que colegas y amigos nos verían, pero entonces ya nada más importaba. Nos besamos largamente, disfrutando, con la lentitud de quien paladea un manjar, de nuestros labios. Finalmente tu boca empezó a hacerse cada vez mas etérea, cada vez mas sutil, mas inmaterial, hasta que termino por disolverse por completo, junto con todo tu ser, dejando mis brazos vacíos.

Vacaciones con compañía

Estábamos de vacaciones con mis padres, pero habíamos hospedado a un numeroso grupo de amigos. Estábamos sólo mis padres, sus amigos y yo en la cabaña de veraneo, que, se parecía sorprendentemente a nuestra casa de siempre.

El grupo de amigos, todos hombres, en ausencia de mis padres, y delante de mí, se acariciaban descaradamente, semidesnudos, se tocaban y se masturbaban entre ellos. Sus prácticas me asqueaban profundamente, pero no dejaba de estar con ellos.

Había uno de ellos, más joven, más delicado, menos perverso, más guapo. Yo le atraía. No se mezclaba con los demás.

Un día mis padres me llaman, y muy seriamente, ambos sentados en sus sillones, y yo de pié frente a ellos, en la sala cerrada, me hacen ver lo preocupados que están por mis conductas, que hay cosas que no están bien, y con las que no debo continuar. Yo no he hecho nada, pero es inútil cualquier explicación, de modo que callo y me retiro.

Días después, entre la confusión por la repugnancia producida por la promiscuidad desvergonzada y la suciedad del grupo de viejos homosexuales, la inmerecida reprensión de mis padres, y el evidente enamoramiento del más joven del grupo, lo enfrento y le digo simple y claramente: “no soy homosexual, no me gusta el sexo entre hombres”

Esa noche en mi habitación, sobre mi mesa, encuentro un pene cortado, sobre una abundante mancha de semen.

El programa del «Rafa»

Ahí estaba él, en la pantalla, con su sonrisa estereotipada de animador de lo que sea. El programa funcionaba conectado con una especie de chat en vivo con el público, pero con comentarios e imagen, algo así como un skype, o una twittcam. Nosotros comentábamos ácidamente todo lo que ocurría, pero sin mucha coherencia.

De pronto, la atención del animador es atraída por nuestra desvergüenza y nuestro desparpajo, y aparece, gracias a la tecnología, animando el show holográficamente desde nuestra habitación. Mis ácidas bromas, cada vez más intencionalmente intelectualizadas, cada vez más ininteligibles, salen al aire en directo para todo el país, así como las tetas desnudas de mi mujer.

La miro en la pantalla y es la viva imagen de Barbara Sukowa. Le digo entonces: “Lola, no vas a poder cambiar el mundo”.

El “Rafa” vuelve a escena central a cerrar el show, y en el backsatge podemos verlo arrodillado, dando gracias por este escandaloso acierto, que seguro le atraerá un raiting inalcanzable. Luego se marcha del lugar, corriendo de la mano de su mujer italiana, a quien la persigue su madre angustiada por no poder estar siquiera un minuto con ella. Es el precio de la fama: “Mia figlia, non hai un minuto per me?” le alcanza a decir, antes que desaparezca tras la puerta del estudio.

“Ahora sí que es tarde”, me señala mi mujer, aún semidesnuda. Miro el reloj, son las 03:08

La Secta

Fué mi amigo el que nos convenció, el ha tenido siempre esa capacidad de encantar a las personas con sus ideas y proyectos. Esta vez la convenció a ella primero, cosa extraña pues siempre ha sido la más escéptica de los dos, soy yo el que siempre se deja encantar por cualquier nueva forma de identidad gregaria se se interponga en mi camino.

Sin embargo fué ella quien me llevó hasta allá, hasta ese lugar en que todos compartían  todo, en que ni siquiera tenías propiedad sobre la ropa, estaba todo ahí, para ser usado por quien lo necesitara. ¡Como me costaba aquello!, siempre he sentido que la ropa adquiere a la larga la identidad de uno, que cuando está nueva no es aún propia, es el tiempo, el desgaste, la costumbre la que la va haciendo propia.

Me las ingeniaba entonces para usar al menos siempre la misma chaqueta, sin ser descubierto.

El centro de la enseñanza estaba en un libro, de coloridas ilustraciones, cubiertas de cuero crudo, de confección artesanal, pero con aplicaciones de brillante terciopelo. El libro estaba dividido en capítulos, y cada capítulo estaba encabezado por una nueva tapa de cuero de similares características, y cada capítulo tenía las páginas un poco más anchas que el anterior.

El libro se podía comprar. De hecho todos ansiaban tener un ejemplar, y se vendía a través de publicidad en revistas y medios similares, al modo de las iglesias que abusan del deseo de consumo y de la credulidad de las personas. El libro incluía en apartados destacados los logros de los miembros del grupo, aunque en el fondo supiéramos que eran más logros propios que logros motivados por la pertenencia a la organización.

Vivíamos en un pasaje, el pasaje donde viven aún mis abuelos. Su casa, convertida en una especie de residencia común y templo, era el centro de la organización. Las demás casas las ocupaban los miembros.

El pasaje era abierto, se podía entrar y salir con libertad, sin embargo, mi sensación era de cautiverio.

Las pocas salidas del lugar las constituían los viajes al infierno, viajes en bus en el que nos íbamos volviendo niños, y en el que, a poco andar nos adormecíamos, para despertar luego en un sitio nebuloso, que el bus recorría lentamente, y en el cual podíamos ver a los niños desnudos que labraban entre ellos sus pieles y sus carnes, con herramientas filosas y de modo cruento, creando especies de esculturas sobre sus cuerpos, que luego se regeneraban sin dejar huella de escara alguna, para luego volver a ser moldeados y heridos, quién sabe por cuanto tiempo, quién sabe si para siempre…

La flaca

Amiga de hace tantos años, de esas que no son amistades de lazo fuerte, de intimidad, sino más bien de compañerismo, de alegrías de alguna época en que la vida nos ha juntado.

Estaba yo en otra cosa, y la veo aparecer, caminando desde la distancia, acompañada de su amiga de siempre, su amiga de verdad, su amiga de aquella época.

Estando ya cerca mío, se adelantó hacia mí, me sonrió, con su sonrisa hermosa, más radiante que nunca, y me dijo luego, muy seria: “Lo que pasa es que has cortado el guión por la mitad, y ahora quieres contar la historia al revés”.

Luego se alejaron, caminando.