Fué mi amigo el que nos convenció, el ha tenido siempre esa capacidad de encantar a las personas con sus ideas y proyectos. Esta vez la convenció a ella primero, cosa extraña pues siempre ha sido la más escéptica de los dos, soy yo el que siempre se deja encantar por cualquier nueva forma de identidad gregaria se se interponga en mi camino.
Sin embargo fué ella quien me llevó hasta allá, hasta ese lugar en que todos compartían todo, en que ni siquiera tenías propiedad sobre la ropa, estaba todo ahí, para ser usado por quien lo necesitara. ¡Como me costaba aquello!, siempre he sentido que la ropa adquiere a la larga la identidad de uno, que cuando está nueva no es aún propia, es el tiempo, el desgaste, la costumbre la que la va haciendo propia.
Me las ingeniaba entonces para usar al menos siempre la misma chaqueta, sin ser descubierto.
El centro de la enseñanza estaba en un libro, de coloridas ilustraciones, cubiertas de cuero crudo, de confección artesanal, pero con aplicaciones de brillante terciopelo. El libro estaba dividido en capítulos, y cada capítulo estaba encabezado por una nueva tapa de cuero de similares características, y cada capítulo tenía las páginas un poco más anchas que el anterior.
El libro se podía comprar. De hecho todos ansiaban tener un ejemplar, y se vendía a través de publicidad en revistas y medios similares, al modo de las iglesias que abusan del deseo de consumo y de la credulidad de las personas. El libro incluía en apartados destacados los logros de los miembros del grupo, aunque en el fondo supiéramos que eran más logros propios que logros motivados por la pertenencia a la organización.
Vivíamos en un pasaje, el pasaje donde viven aún mis abuelos. Su casa, convertida en una especie de residencia común y templo, era el centro de la organización. Las demás casas las ocupaban los miembros.
El pasaje era abierto, se podía entrar y salir con libertad, sin embargo, mi sensación era de cautiverio.
Las pocas salidas del lugar las constituían los viajes al infierno, viajes en bus en el que nos íbamos volviendo niños, y en el que, a poco andar nos adormecíamos, para despertar luego en un sitio nebuloso, que el bus recorría lentamente, y en el cual podíamos ver a los niños desnudos que labraban entre ellos sus pieles y sus carnes, con herramientas filosas y de modo cruento, creando especies de esculturas sobre sus cuerpos, que luego se regeneraban sin dejar huella de escara alguna, para luego volver a ser moldeados y heridos, quién sabe por cuanto tiempo, quién sabe si para siempre…