Ahí estaba él, en la pantalla, con su sonrisa estereotipada de animador de lo que sea. El programa funcionaba conectado con una especie de chat en vivo con el público, pero con comentarios e imagen, algo así como un skype, o una twittcam. Nosotros comentábamos ácidamente todo lo que ocurría, pero sin mucha coherencia.
De pronto, la atención del animador es atraída por nuestra desvergüenza y nuestro desparpajo, y aparece, gracias a la tecnología, animando el show holográficamente desde nuestra habitación. Mis ácidas bromas, cada vez más intencionalmente intelectualizadas, cada vez más ininteligibles, salen al aire en directo para todo el país, así como las tetas desnudas de mi mujer.
La miro en la pantalla y es la viva imagen de Barbara Sukowa. Le digo entonces: “Lola, no vas a poder cambiar el mundo”.
El “Rafa” vuelve a escena central a cerrar el show, y en el backsatge podemos verlo arrodillado, dando gracias por este escandaloso acierto, que seguro le atraerá un raiting inalcanzable. Luego se marcha del lugar, corriendo de la mano de su mujer italiana, a quien la persigue su madre angustiada por no poder estar siquiera un minuto con ella. Es el precio de la fama: “Mia figlia, non hai un minuto per me?” le alcanza a decir, antes que desaparezca tras la puerta del estudio.
“Ahora sí que es tarde”, me señala mi mujer, aún semidesnuda. Miro el reloj, son las 03:08