Augustijn es un artista de la cerveza. No de fabricar cerveza, sino de beber cerveza. Vive en Brugges, Ciudad de Brujas, en la región de Flandes occidental de Bélgica.
Es un joven delgado, alto, pálido. Difícilmente alguien podría adivinar su edad, pues se viste a la moda, lo que lo hace ver juvenil, pero con estilo y elegancia, lo que le da un aspecto de madurez que no se condice con su rostro terso, inmaculado, y su melena rubia cuidadamente casual.
Vive en el piso que heredó de sus padres, en el centro antiguo de la ciudad, donde además recibe el alquiler de los otros pisos del vetusto edificio, lo que le permite financiar buenamente su vida, que sería la de un auténtico dandy, si no fuera por su proverbial timidez, cultivada en su infancia de hijo único de padres de edad avanzada.
Durante su adolescencia soñaba con ser artista, un artista integral, poeta, pintor, músico, fotógrafo. No desconocía la fuerza de la tradición que en este aspecto poseía su cuna flamenca, sin embargo, la diversidad de sus intereses y su natural timidez, lo condujeron por caminos solitarios, y tempranamente se entregó más a las divagaciones que a la concreción de sus ideas artísticas y sus proyectos creativos.
La cerveza de su región conquistó, como una musa encarnada, su paladar, su espíritu y su corazón, y llegó a amarla, con esa pasión de hombre por la mujer de sus sueños, pero también con una entrega casi femenina por el ser que la protege y la domina.
Las primeras experiencias, como lo son para todos, para Augustijn tampoco fueron buenas. Pasó de la euforia inicial a la melancolía, de la melancolía al dolor, y del dolor a la pérdida del placer, al abotagamiento de los sentidos, a la inconsciencia, y de la inconsciencia al sufrimiento de las crueles consecuencias del abandono de la veleidosa sustancia.
Puso su empeño entonces en la prolongación de las sensaciones iniciales del encuentro, como el oriental que persevera en el sexo tántrico, prolongando los momentos previos al placer, sin alcanzar la cúlmine que señala también el fin.
Aprendió a incorporar nutrientes que reemplazaran a aquellos que los excesos eliminaban con rapidez de su organismo. Alternó las fuertes dosis de bebida con abundantes ingestas naturales, que le proveyeran proteínas, sales minerales, potasio, magnesio y otras carencias, que sabía lo conducirían inevitablemente a la empbriguez.
Aprendió a mantener ese estado iluminado, en el que la ansiedad por producir algo perdurable desaparecía, y su lugar lo ocupaba la plenitud del sentir la propia existencia como una obra de arte.
Dominó esta rutina de tal manera que lograba permanecer desde la madrugada hasta el anochecer en ese estado de luz etérea que lo hacía tan amable para sí mismo como para los demás.
Se hizo un artista de lo efímero de las sensaciones.